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HISTORIAS DE BARCELONA

Cuaderno de verano (I)



Barracas en el barrio del Carmelo (Arxiu Municipal del Districte d' Horta-Guinardó)


Palabras clave: Barcelona | Inmigración | Zapata | Barracas | Desarrollismo | Raval | años 60'| vivienda |




Hace ya un tiempo que me persigue un temor cada vez más recurrente. Bromeo con la cuenta perdida de las crisis existenciales que llevo acumuladas pero entre una y otra me pregunto si no me habré vuelto a equivocar. Por mucha pasión que le eche parece que la arquitectura me viene cada vez más grande.

A menudo me pierdo divagando por recuerdos e historias lejanas, como si fuese a encontrar en ellos algún motivo para no salirme del camino. Al final del primer curso nos pidieron que escribiéramos cuatro líneas explicando por qué habíamos decidido estudiar arquitectura. Recuerdo que apañé algo bonito para salir del paso a saber a qué hora de la madrugada, pero la pregunta me ha perseguido una y otra vez en diferentes momentos.

Realmente no existe un único motivo y todo lo que pueda aportar será rabiosamente personal, demasiado para una página que, a pesar del tono cercano, no deja de ser un espacio público. Tendría que hablar del Daniel de Zafón, el pijoaparte de Marsé, la Andrea de Laforet o de tantos otros sólo para introducir la figura de un niño andaluz que llegó al extraradio de Barcelona a principios de los sesenta. Debería hablar de cómo vivió el rápido crecimiento de un barrio obrero, de una ciudad satélite que debía acoger el elevado número de inmigrantes que llegaban del sur buscando un futuro mejor. Tendría que ir con cuidado al explicar cómo llegó ese niño tan pobre a estudiar arquitectura y a poder transformar el pueblo que lo acogió en una ciudad con una vivienda más digna para todos. Pero no es éste el formato ni el momento para esa historia.

Sin embargo, hay algo de eso a lo que me gustaría aferrarme en este intento de entrelazar los motivos que, por ahora, más me unen a la arquitectura.

Hace apenas un siglo, en un contexto muy diferente, el campesino mexicano Emiliano Zapata lideró una revolución agraria bajo el grito de “La tierra es de quien la trabaja”. Con ello buscaba defender los derechos de los campesinos y devolverles las tierras que trabajaban, sometidas a un régimen latifundista y de las que a menudo eran despojados por las clases adineradas, siempre amparadas por unas leyes abusivas. Esto que puede parecer tan lejano y anacrónico sigue siendo, a día de hoy y a mi parecer, la raíz del problema de la vivienda: clases trabajadoras, cada vez más bajas que medias, ahogadas por unos costes vinculados a una vivienda (alquiler, hipoteca, facturas) que no les pertenece, sino que alquilan a precios exagerados con unos sueldos gradualmente más precarios. Espacios que, en algunos casos, son demasiado pequeños, están mal ventilados, carecen de luz natural y sufren de problemas de salubridad evidentes. Viviendas que, a pesar de hacérnoslas nuestras, los últimos años nos han enseñado que en cualquier momento nos las pueden arrebatar.

¿Qué papel tiene la arquitectura en esta transacción, a primera vista, más política que técnica?

En los años 60’ el movimiento feminista se movilizaba bajo el lema Lo personal es político. Con éste en mente no puedo evitar pensar qué hay más personal que la propia casa, que el derecho a un hogar digno? Cuando veo los planos e imágenes de las promociones de nuevas viviendas que se publicitan pienso con cierta impotencia en los destinatarios de esos sets de llaves y me los imagino a todos con rasgos occidentales, probablemente algunos con aires sajones o nórdicos. Me cuesta imaginar una escalera multirracial - o el eufemismo del momento que toque - en un bloque de obra nueva. ¿Para quién se construyen las ciudades?

Dejadme que me lo traiga a mi terreno y busque un punto desde el que poder contextualizar e introducir a los protagonistas. En las 109 hectáreas por las que se extiende el barrio del Raval, en Barcelona, viven oficialmente cerca de 50 mil personas, con una densidad de 433 habitantes por hectárea, de las más altas de la ciudad. Según datos del ayuntamiento de Barcelona del 2018, de esta superficie, casi el 25% se destina a hoteles. En cuanto a vivienda se refiere, el 56% de las edificaciones no superan los 61 m² y el 80% fueron construidas antes del 1960, de cuando al Raval se lo conocía como el barrio chino, la misma época en la que empezaron a construirse las barriadas obreras de Bellvitge, San Ildefonso, el Carmelo, San Roque en Badalona o el posterior barrio de la Mina en Sant Adrià del Besós, entre tantos otros. En resumen, mucha gente hacinada en un barrio de calles estrechas y pisos pequeños y viejos.

No viene de más apuntar que gran parte de esta vivienda - construida como respuesta a la emergencia habitacional del momento y a las prisas franquistas por erradicar la imagen de los barrios de barracas que se habían ido extendiendo por toda la ciudad- se levantó en poco tiempo, con materiales más bien sencillos y escasa infraestructura urbana. Paralelamente a la transformación urbana, los movimientos migratorios del campo a la ciudad, que habían comenzado a principios de siglo y vivieron su apogeo en los 60, fueron despoblando las zonas agrícolas - sobretodo de Andalucía y Extremadura - y alimentando así la enorme máquina productiva de las provincias dónde se estaba desarrollando la industrialización: Catalunya, el País Vasco y Madrid. Como consecuencia de la reducción de mano de obra, los propietarios agrícolas tuvieron que buscar técnicas para poder sacar adelante las cosechas con menos mano de obra, con maquinaria más moderna y más eficiente.

Más allá de los datos objetivos que los historiadores ofrecen, cabe tener presente que estas masas de población que llegaban a Catalunya lo hacían huyendo de la miseria y la inestabilidad laboral, pero sobretodo en busca de un futuro mejor para sus familias, un escenario improbable para los que se quedaban en el campo, dónde las perspectivas de mejora eran casi nulas. Como la de tantos otros, ésta es también la historia de mi familia. Los otros catalanes, como los denominaría Francesc Candel en el 64, no sólo se labraron un futuro mejor sino que fueron clave para la construcción de una Catalunya fuerte, rica y diversa. A pesar de que, a día de hoy, para algunos, sus hijos seguimos siendo xarnegos y nuestro catalán un insulto para su tradición lingüística medieval. Ojalá todo fuera eso.

Fue también en los años 60 cuando el país empezó a abrirse al turismo, siendo la costa catalana uno de los principales atractivos para los visitantes del norte de Europa. La fiebre urbanística llegó también a los pueblos costeros, que solicitaban mano de obra inmigrante para construir un buen parque de hoteles y urbanizaciones que pronto les reportarían importantes ingresos. Josep María Forn lo ilustra muy bien en la película La piel quemada del 67, dónde, por cierto, ya deja entrever este sentimiento de superioridad catalana hacia el recién llegado con el que desgraciadamente aún convivimos.

Este breve repaso por los años del desarrollismo no es gratuito. La inmigración procedente del campo permitió a Catalunya ser una de las regiones más ricas de la península y sentar las bases de la industria que a día de hoy aguanta nuestra economía, por mucho que nos pese. Es también uno de los puntos más cercanos en los que encontramos el inicio de los problemas que nos asfixian en el presente: la crisis migratoria que no sabemos gestionar, la crisis de una economía dependiente y frágil y la crisis urbanística que está cada vez más ligada al origen y posible final de todo.

Pero antes de adentrarme en el pilar climático, no puedo evitar cuestionarme una vez más por qué será que nos sentimos tan atraídas hacia el oficio de nuestros progenitores. Me pregunto si la historia de mi padre es suficiente para seguir su profesión y, también, su causa y la de aquellos a los que ayudó. ¿Habría estudiado medicina de ser mi padre médico?

No lo creo. Sin duda, algo más debe haber.