• tinyarchitectures

ICARANDA

Faros urbanos de una trama nostálgica



Suketu Mehta escribió hace un tiempo sobre la saudade de las ciudades, la nostalgia hacia aquello que un día tuvimos y en algún punto perdimos.


No es ni la primera ni la segunda vez que intento escribir esto y nunca consigo llegar a buen puerto. Me confundo por el camino, mezclo recuerdos con ideas, pierdo el hilo y siempre tomo el desvío equivocado. Al final parece que todo termine en Roma, como si hubiésemos aceptado una especie de fatum que nos avisa de que es allí dónde irremediablemente nos dirigimos. Nunca me he sentido muy cómoda haciendo aquello que se espera de mí así que, por una vez, dejemos que sean otros los que lleguen a Roma y nosotros los que nos vamos.


Hace unos meses estuve en la capital italiana con la familia. Era la segunda vez que visitaba la ciudad y en condiciones muy diferentes a la primera. Aterricé en Fiumicino con la cabeza emborronada y un nudo en el estómago; los recuerdos son malos compañeros de viaje. Aún así, creo que no hay mayor privilegio que el de volver a una ciudad años más tarde y observar el cambio en tu mirada. Observar también cómo has cambiado y cómo ha cambiado la ciudad.

He cogido la costumbre, cuando viajo, de meter en la maleta las zapatillas y un par de mudas de deporte. Es uno de los placeres que descubrí recientemente, despertarme al amanecer y salir a correr cuando la ciudad aún duerme. Hay ciudades que tienen pulmones verdes que te aíslan por unos momentos del caos urbano y te mecen en una suerte de realidad bucólica. Roma tiene Villa Borghese, una mezcla entre el terreno salvaje de Hampstead Heath y la elegancia contenida de Hyde Park. Se me ocurren unos cuantos motivos para unir Roma con Londres aunque, por prudencia, hoy me quedo con uno: la saudade, la nostalgia hacia aquello que un día tuvimos.

Nos alojamos en un hotel en lo alto de la Piazza Spagna, a pocos metros de la cuesta que se adentra en Villa Borghese. El primer día bajé a los foros y por el camino hice una parada en la Fontana di Trevi. Eran las siete de la mañana y ya había unas quince personas con el palo de selfie y la moneda en el aire, como si eso fuese a asegurarles el amor eterno. Crucé por la plaza del Campidoglio, más pequeña de lo que la había imaginado por cierto, y llegué a una especie de balcón-mirador con vistas a los foros y al Arco de Septimio Severo, el de los tres ojos conectados entre ellos. No había ni un alma en la calle, sólo las ruinas y el recuerdo de lo que un día fueron. Daba hasta reparo fotografiar algo tan sagrado. Al día siguiente, con algo más de coraje, me enfundé los leggins y tomé el camino hacia el parque. Subí a paso ligero, eran menos de las ocho y en las calles sólo había hombres descargando furgonetas para empezar el día. Me llevé más comentarios de los que me habría gustado a modo de buenos días; nada nuevo en Italia.


Desde Piazza Spagna, se accede al parque bordeando la Villa de los Medicci por una pequeña cuesta que te engulle bajo un cortinaje verde y te expulsa en el llano del belvedere, un mirador casi improvisado en el punto en el que se encuentran el Viale del Belvedere y el Viale di Villa Medicci. Los turistas suelen preferir el mirador más solemne que hay unos metros más allá y desde el que se ve la Piazza del Popolo con sus dos iglesias mellizas, pero a mí siempre me gustó más este sencillo balcón sobre la carretera. Desde allí la ciudad se despliega como un manto entre ocre y terracota en el que van despuntando pequeñas cúpulas grisáceas. Algo más alejada y ligeramente hacia el norte se distingue la abeja reina, la más bella de las cúpulas. Se alza majestuosa sobre los tejados romanos, tan segura de sí misma que cuesta apartar los ojos de su superficie estriada, como si la propia basílica naciese de la tierra y sus raíces pétreas fuesen elevándose buscando el cielo. Las columnas de la fachada de Maderno dan pie a las pilastras del ático, coronadas por un séquito de apóstoles y Jesucristo señalando el cielo. “Más arriba, sigue subiendo!”, parece que digan. Cerca Trova. Y es que tras ellos se alza la imponente cúpula de Miguel Ángel, una reinterpretación del diseño de Bramante que Miguel Ángel resuelve colocando un cinturón de columnas dobles en la base del tambor, de las que nacen las dobles aristas que trepan hacia el cielo en un segundo viaje.


A medio camino de este peregrinaje ascendente, puede que en algún punto de la columnata del primer tambor, me descubro ya lejos de Roma, mirando fíjamente el relieve de la cúpula de St Paul’s desde la cubierta del centro comercial en Cheapside road.

Hay ciudades que tienen faros desde los que nos miran. Puntos elevados sobre la trama urbana con los que nos orientamos y a los que recurrimos constantemente en busca de ayuda. Roma tiene la cúpula de San Pietro de Miguel Ángel y el altar a la patria, aunque por puro decoro vamos a pasar por alto el segundo. Londres tiene el cascarón de Saint Paul de Christopher Wren. Es tan rabiosamente elegante que ni el Big Ben ni el London Eye ni el puente de Tower Hill le consiguen hacer sombra.


Pasé un par de años viviendo en la capital británica bajo el embrujo de la catedral. Aparecía por sorpresa al final de una avenida, escondida entre edificios de vidrio, recortada por los puentes del Támesis, en el reflejo de una ventana. A veces entraba en la Tate sólo para ir a la cafetería de la sexta planta, amorrarme al cristal y mirarla de frente. Me quedaba hipnotizada viendo los últimos rayos de sol deslizándose por su piel, la textura que cogía en las últimas horas del día. En los meses de verano cogía el ascensor del centro comercial que había en frente y la veía emerger por las paredes de vidrio. La admiraba desde la cubierta, la rodeaba desde la calle, la buscaba de noche. Me daba paz. El primer fin de año en Londres descorchamos una botella de cava a los pies de la catedral y engullimos las doce uvas con las campanas del Big Ben de fondo. Ese día lo llevo dentro como quien lleva un amuleto.


No suele contarse que cuando decides dejarlo todo y empezar de nuevo es probable que nunca vuelvas. Que, en el caso de hacerlo, puede que jamás termines de volver, o de irte. Nadie se atreve a contar que en el momento en el que te vas, tu concepto de hogar entra en un limbo que te genera una mezcla de miedo e inseguridad. Ya no sabes dónde te sientes como en casa, no sabes ya qué es casa. Has perdido el norte y probablemente en algún punto del camino pierdas también el rumbo. Saint Paul’s fue mi faro cuando estaba lejos y me extrañaba de casa, me transportaba de vuelta a Roma, de vuelta al Mediterráneo.

Mehta hablaba sobre la saudade en las ciudades y observaba que “los entornos urbanos magnifican esta emoción porque en las ciudades estamos más solos. A veces por elección; otras veces porque la soledad se nos impone”. Repaso sus palabras con el mismo nudo en el estómago. Veo aparecer poco a poco la basílica entre la columnata de Bernini, recortada por los rayos bajos del sol de la tarde. Ponte ahí, dame la cámara. Se desliza como el movimiento de un péndulo a mil fotogramas por segundo. Acércate, mira aquí. Se desliza como el planeta de Trier impactando en la tierra. Dos más, aguanta un poco. Como Ofelia flotando en el río. Ya casi, mírame un segundo. Se acerca en un parpadeo infinito. Corta a negro.


Hay imágenes que se nos quedan grabadas a pesar del paso del tiempo. Instantes que nos arrollan en el momento menos pensado, un perfume concreto entre la muchedumbre, la canción que siempre esquivas en el hilo musical de un restaurante, un nombre que asoma sobre la fachada de un teatro, ese árbol en flor en cada esquina de la ciudad.

Y es que todos tenemos un mapa nostálgico de nuestras ciudades. Un recorrido de calles, plazas, rincones, lugares que un día fueron algo. Lugares que evitamos por su peso, por lo que conlleva volver a ellos, y calles a las que volvemos repetidamente por el placer de lo que nos traen de vuelta.

Cuando regresé a Barcelona busqué un faro que me devolviese la paz de esas cúpulas clásicas. Lo busqué en los edificios más altos, en los más emblemáticos, en las montañas, incluso en el horizonte infinito del mar. Lo perseguí tanto que olvidé por qué lo necesitaba. Dejé de pensar si aún lo necesitaba. El aire fresco de la primavera había dejado paso a los primeros días de verano y las plazas empezaban a llenarse de gente. Por encima del ruido de la ciudad, el violeta de las jacarandas empezaba a teñir el cielo de las calles. Me pregunto ahora si no hay mejor faro que ese. Barcelona entera respira paz.