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LAS CIUDADES DE LA MEMORIA

Un último poema de amor: de las ciudades de Italo Calvino al mercado de Émile Zola



La primera vez que escuché hablar de Las ciudades invisibles de Calvino fue a raíz de una asignatura de Composición en la escuela Massana. Cogí el libro en la biblioteca del barrio, lo aborrecí a las pocas páginas y terminó traspapelado entre las estanterías de casa durante años. Era tan abierto, tan onírico casi y a la vez tan falto de un hilo conductor que todo en él llevaba a perderse. El libro reaparecía de tanto en tanto en algún rincón de la casa, desplazado por alguna limpieza exhaustiva o alguna nueva disposición de muebles. Lo abría y me paseaba por algunas ciudades, cada vez con menos recelo. Luego volvía a perderlo de vista. El capricho me costó el bloqueo del préstamo en las bibliotecas públicas durante años. Aun así, cada vez que alguien me preguntaba por qué no devolvía el libro nunca sabía qué contestar. Simplemente lo quería tener cerca.


En una de las ocasiones en las que el libro reapareció, cometí el error de aferrarme a uno de los tantos pasajes abiertos con los que Calvino va cerrando capítulos, si es que llega realmente a cerrarlos. Sus palabras se estaban ya filtrando entre mis recuerdos, se mezclaban con las personas que rondaban por mi cabeza y asomaban de vez en cuando entre calles de mi ciudad. Sin ser muy consciente, creo que el tiempo, de forma un tanto fragmentada, a golpe de vivencias y memorias, ha ido sentando las bases para poder empezar a comprender qué representan para mí las ciudades invisibles.


Hace un par de meses me regalaron una edición reciente del libro. Devolví la copia prestada con seis años de retraso y me embarqué, por fin, en la lectura completa de esta fantasía de universo. La edición comienza con una nota preliminar de Calvino extraída de una conferencia que dio en la Universidad de Columbia, dónde arroja algo de luz al enigma que arrastra toda la narración. Aunque no es parte de la obra original, hay algo en esas palabras que sirve de antesala a lo que está por venir:

Corría el año 83 cuando Calvino pronunciaba estas palabras, auspiciando el fin de una era para la urbanidad. Unos años más tarde Jane Jacobs escribiría Muerte y vida de las grandes ciudades, donde pondría sobre la mesa el papel del automóvil como agente invasor en las dinámicas urbanas tradicionales y el peligro de las construcciones aisladas para la vida diaria de las personas. Con el escenario neoyorquino de Jacobs como telón de fondo, es inevitable no pensar también en la soledad que encierran las obras de Hopper de unos años antes, en las miradas vacías de esos personajes desencajados de la escena urbana. O, retrocediendo aun más lejos, en los fragmentos de ruinas congeladas en el tiempo de los grabados de Piranesi.


Y es que adentrarse en el mundo de Las ciudades invisibles es unas veces un viaje por el tiempo, otras por el imaginario colectivo y otras, incluso, un viaje interior por nuestra memoria. En cualquiera de los casos, es un recorrido terriblemente nostálgico por un mundo que está dejando de existir; por un tiempo al borde del olvido.


Esto, que a simple vista puede parecer más poético que racional, empieza a tomar forma cuando revisitamos las fotografías de Charles Marville del Vieux Paris, una de las grandes urbes olvidadas que ya sólo existe como un recuerdo impreso en pinturas, escritos, planos, fotografías. Sólo podemos volver a ella a través de los ojos y las palabras de otros, exprimiendo hasta el último detalle para tratar de entender cómo pudo una ciudad así desaparecer casi por completo en un período tan corto de tiempo.


Me imagino que esta sensación de vivir en una especie de umbral entre el fin de una era y el comienzo de otra era lo que llevaba a autores de distintos géneros a intentar plasmar con elaboradas descripciones cómo era la ciudad que conocían, como si de este modo dejasen un testamento histórico a través del cual la vieja ciudad pudiese pervivir. A través de ellos nos han llegado múltiples fragmentos, múltiples ciudades, que nos permiten ir cosiendo un relato aproximado sobre cómo era la ciudad derribada. Uno de estos autores, probablemente el más relevante, fue Émile Zola, conocido como el padre del naturalismo. En El vientre de París, relata cómo era la vida en esta nueva metrópolis moderna a partir del día a día de unos personajes populares en el entorno del nuevo mercado central de Les Halles. El hilo argumental es de poca relevancia, ya que el peso de la narración está en las acciones y escenarios de la vida cotidiana. El protagonista es, sin lugar a dudas, el mercado, omnipresente siempre de un modo u otro.

El proceso de volver, o de nunca terminar de irse


No me interesa particularmente trazar vínculos y hacer comparaciones entre ambos relatos; probablemente terminaría dispersando y forzando demasiado el análisis. Pero sí que hay algo común en ambos protagonistas que creo que merece la pena explorar y con lo que probablemente podamos identificarnos en un momento u otro en la vida. En los dos casos hay una búsqueda constante de una ciudad anhelada, una imposibilidad de aceptar el fin de una época. El único sosiego que queda entonces es aferrarse al recuerdo.


Calvino recorre a la popular leyenda de Marco Polo para hilar una serie de cuentos sobre las ciudades que el embajador veneciano visita y que describe a su regreso al emperador mongol Kublai Kan. A pesar de gobernar un gran imperio, el único modo que tiene éste de conocer las ciudades que posee es a través de las historias de sus consejeros y encuentra en los cuentos de Polo una puerta abierta a su imaginación. Pronto éste le confiesa que todos los relatos, de un modo u otro, no son sino una excusa para hablar de su ciudad, Venecia, que ve reflejada allá donde viaja. Más allá del carácter fantasioso de cada viaje, esto pone de relieve la interpretación subjetiva que el consejero hace de los lugares que visita. Son más bien las ciudades invisibles de Marco Polo, invisibles a la mirada ajena y hábilmente reinterpretadas y moldeadas bajo sus experiencias personales. Al igual que él, cada uno de nosotros tenemos un atlas de ciudades invisibles que nos pertenecen y que construimos con el tiempo a partir de nuestra memoria. Este atlas nos define como personas.


Por su lado, Zola se apoya en la figura de Florent, un personaje que vuelve a París clandestinamente después de ser expulsado por su implicación en las revueltas contra el segundo imperio de Napoleón III a mediados del siglo XIX. A su regreso, encuentra la ciudad en plena ebullición por los cambios que están teniendo lugar. Aunque se ve forzado a integrarse en el sistema que tanto detesta y a trabajar para la administración, se niega a aceptar el inicio de una nueva era para la ciudad y pone todas sus energías en conspirar contra el régimen.


Mientras que la ciudad en la que transcurre la historia es un espacio real, Florent pasa los días imaginando y pensando cómo debería ser el nuevo París. El concepto de ciudad se desdobla entre la ciudad física y la ciudad deseada. El autor fuerza aun más esta tensión desplegando un carrusel de personajes y anécdotas mundanas alrededor del mercado, tan abrumador y descrito con tanto detalle que los sueños revolucionarios de Florent apenas encuentran espacio para poder desplegarse. Nunca se llega a explicar cómo es esta ciudad soñada; no se le da una oportunidad. Y es que toda la compleja infraestructura del mercado de Les Halles funciona como una ciudad madre de la que se desprenden un sinfín de ciudades en forma de historias y personajes distintos. Cada uno de ellos se forja su propia mirada de la ciudad y ésta, en conjunto, es tan fuerte, tan ruidosa, activa, y está tan viva que se lleva por delante la ciudad soñada.

La diferencia entre ambos universos se refleja también en el modo de comunicarse de sus respectivos protagonistas. El lenguaje del mercado es más llano, más directo y de fácil comprensión. Las descripciones, aunque largas y abundantes en detalles, son fácilmente asimilables y nos permiten ir creándonos un escenario visual con el que nos vamos familiarizando hasta hacérnoslo nuestro. Nos imaginamos el mercado, sus elevados pabellones de hierro, el grupo de mujeres cotillas, la salchichería elegantemente decorada y la salchichera embutida en sus ropajes ajustados, la hermosa pescadera blandiendo el cuchillo con destreza, la vendedora de ramilletes de flores… Ese costumbrismo tan cercano que lo mismo y nos remite a los ambientes femeninos del universo de Almodóvar; Rosy de Palma cortando merluzas de cuajo, Carmen Maura paseándose dignamente por el mercado, Julieta Serrano y Chus Lampeavre susurrando entre ellas y Antonio Banderas intentando hacerse respetar enfundado en su uniforme de vigilante. No es algo que nos resulte tan lejano.


Sin embargo, el lenguaje que se utiliza en el bar donde conspiran los hombres se apoya en metáforas e indirectas, se debe interpretar antes para poder entender el significado; no es tan fluido. Muchas veces el autor ni se molesta en transcribir esos diálogos. Inevitablemente, esto le quita fuerza a la ciudad anhelada por Florent y, ante un adversario tan bien descrito y detallado, lleva al lector a perder interés. Por mucho que se hable de una revolución social, por y para el pueblo, ese proyecto de ciudad no habla en el idioma del pueblo. Se diluye antes siquiera de empezar.


Pero, al margen de la forma en que nos llegan estos universos tan distintos, está el significado que tienen para los dos protagonistas. Ambos se aferran a una idea de ciudad, algo que ya sólo existe en su recuerdo y que tratan de revivir, cada uno a su manera, con una suerte de amor incondicional. Marco Polo nunca habla directamente de Venecia, no hay una ciudad específica dónde describa sus calles y su gente, sino que éstas se filtran en cada relato, como un recuerdo obsesivo del que no se consigue desprender.


Ese poema de amor hacia las ciudades del que hablaba Calvino en su conferencia toma ahora más relevancia al ganar una doble dimensión, la urbana y la personal. Aunque es fácil buscar metáforas para adaptarlas al terreno de las relaciones personales, me parece más puro mantenerlo en la esfera urbana. ¿Acaso no hay amor más fuerte y más honesto que el que nos despierta el sentimiento de arraigo? Esa capacidad de marcharse lejos, infinitamente lejos si cabe, y encontrar siempre el camino de vuelta.

Origen y ocaso de las ciudades

La ciudad, como nos la presenta Zola, está en las personas que la forman. Es el resultado de una red de vínculos personales y vivencias compartidas en las que la infraestructura física del Mercado Central hace de marco y acota unos límites. Si tuviésemos que definir un perímetro a esta ciudad, no serían los límites de París, puesto que Zola no habla de París sino de su vientre, una ciudad menor pero dotada de unos cimientos más firmes que se adapta y amolda a cualquier cambio urbano y siempre termina imponiéndose. Es la ciudad del mercado, donde todo y todos terminan confluyendo. Es, de hecho, la semilla de la urbanidad.


Este aprecio por la comida como elemento conector de las relaciones personales está muy presente en el cine y la animación japoneses, dónde el alimento es entendido como un acto social y a la vez como un ritual que hace de vínculo con el pasado. Desde las escenas más grotescas de personas comiendo como cerdos en El viaje de Chihiro a la delicadeza del proceso de elaboración de los dorayakis tradicionales en Una pastelería en Tokio, dos obras que son ya parte de la cultura popular y que reflejan muy bien aspectos intrínsecos de una tradición nipona más cercana a nuestro tiempo. Cuando tuve la ocasión de viajar a Tokio hace unos años, pude ver que este nexo con la comida es un reflejo de lo que ocurre en las calles durante la mayor parte del día, cuando la ciudad se llena de puestos ambulantes y mercados de comida fresca con un extenso despliegue de mobiliario urbano para comer y beber. Algo parecido ocurre en los países islámicos, dónde el papel del mercado aún conserva un valor privilegiado en la vida de las ciudades. Éste, sin embargo, empieza a diluirse cuando cruza las fronteras del Occidente más refinado. ¿Qué papel ocupa la comida en nuestras ciudades hoy en día?


En su obra Ciudades hambrientas, la arquitecta británica Carolyn Steel desgrana meticulosamente las causas que han llevado a las ciudades occidentales a perder su vínculo con la comida y con el campo. Utilizando el caso del Reino Unido como ejemplo, dónde el abastecimiento está controlado casi exclusivamente por cadenas de supermercados, se embarca en un relato estremecedor en el que se expone cómo el progreso que prometía la industrialización fue homogeneizando y robotizando cada vez más los entornos urbanos. Los límites de esta globalización que tiene sus semillas en las rutas comerciales del imperio romano, y que permitía a la capital alimentarse con los productos de todas las colonias, se encuentran desbordados en la actualidad. Al construir ciudades desde la perspectiva del progreso industrial, la eficacia y el rendimiento económico, hemos sacrificado aquello sin lo que físicamente no podemos vivir: la naturaleza y los frutos que ésta nos da.

A mí modo de ver, creo que, si bien este miedo podría rebatirse desde la seguridad que nos da estar emplazados en una cultura mediterránea, dónde nuestras ciudades todavía se estructuran a partir de una red de mercados de abastecimiento fijos y ambulantes y nuestra cultura gastronómica se apoya en siglos de historia entre pueblos, en los últimos años hemos vivido una cierta invasión de productos precocinados, cadenas de comida rápida y alimentos preparados y envasados de antemano. Esto, sumado a unas jornadas laborales que se comen la mayor parte del día, la liberación gradual de los roles de género junto a la incorporación de la mujer en el mundo académico y laboral y el enorme despliegue que hace diariamente la industria del entretenimiento para acaparar toda nuestra atención y tiempo libre, están poniendo en peligro el papel tradicional de la comida y, con ello, también el de las ciudades.


Poco a poco, esa idea clásica de la plaza griega donde confluía la vida de la ciudad y se concentraba la actividad económica, política y social, se ha ido diluyendo en pos de una zonificación que, si bien es cierto que atiende a criterios racionales que buscan ordenar la complejidad urbana, ha contribuido a enfriar la estrecha relación que un día hubo entre la ciudad y sus habitantes o, lo que es lo mismo, entre la obra humana y la obra natural. Hasta el punto que es inevitable preguntarnos qué lugar ocupamos las personas en la construcción de la ciudad actual.


La obra de Calvino nos acerca a este lado más sórdido de la historia, en ese punto en que se empieza a atisbar el ocaso de una era. El relato se desmarca de su tiempo literario, se aleja de la Eurasia del siglo XIII y nos interpela desde la actualidad. De repente, ese atlas al que le estábamos asignando un carácter casi medieval - si es que tiene cabida este término en un contexto pseudo-oriental - se nos asemeja más cercano que nunca. Aquellas ciudades invivibles a las que haría referencia Calvino se alternan a lo largo de este recorrido en forma de guiños y referencias simbólicas. Lugares donde la ciudad física le ha ido ganando terreno a las personas, casi arrinconándolas y definiendo sus vidas. Ciudades como Zenobia, elevada sobre altos pilotes como las patas de una grulla; o la ciudad de Sofronia, partida en dos y desmontada y trasladada regularmente; Cecilia, eternamente periférica; Valdrada, cuyo reflejo no permite discernir la original de la réplica; Zenobia, una fantasía de ciudad que parece salida del universo Ghibli; Octavia, suspendida boca abajo como si de una maqueta de Gaudí se tratara.



Las ciudades de la memoria

Probablemente lo más complejo de este recorrido sea volver al inicio y tratar de responder qué representan para mí las ciudades invisibles.


Lo cierto es que no sé muy bien cómo ponerle palabras a algo tan difuso. A veces tengo la impresión de que me persiguen recuerdos de una vida que no he vivido. En mi mente se mezclan imágenes de lugares que he visto en películas, esbozos de obras que he leído, sueños que no he protagonizado, recuerdos de sitios en los que he estado, fragmentos de lugares que no he visto en persona y, sobre todo, instantes que no puedo quitarme de la cabeza. Todos ellos se mezclan y me increpan constantemente desde una infinita nostalgia.


Son mis ciudades invisibles, me pertenecen a mí y a nadie más. Cuando las necesito recorro a ellas a modo de refugio donde pararme a repostar en el camino. Las revisito con cautela, a veces únicamente por el placer que me da volver a ellas, otras por la angustia infinita que me provoca pensar que pueda perderlas algún día. Otras veces, sin embargo, me sumerjo sin saber muy bien dónde me llevarán. En un presente colonizado por el exceso de ruido ajeno, tal vez sea en uno mismo el mejor lugar dónde buscar las respuestas que no conseguimos encontrar fuera.






(*) Fragmentos extraídos de Las Ciudades Invisibles de Italo Calvino y El vientre de París de Émile Zola.

Fotografía inicial de Charles Marville. Derribos previos a la construcción de la Avenue de l'Opéra en París