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SOLEDAD EN TRÁNSITO

Un diálogo entre Lost in Translation y Her



Soy consciente de que empezar una crítica con un recorte de la wikipedia es poco ortodoxo, pero ésta es una de esas historias que cobran sentido al indagar en los dramas que la originaron.

Dice así: “El 26 de junio de 1999, Spike [Jonze] se casó con la directora Sofia Coppola. El 5 de diciembre de 2003, Coppola pidió el divorcio citando “diferencias irreconciliables” […] Finalmente en el año 2014 obtuvo el Óscar al mejor guion original por Her.” Si nos dirigimos a la ficha de Coppola encontraremos la siguiente introducción“En 2003 ganó un Premio Óscar a mejor guión original por Lost in Translation, además de ser la tercera mujer en la historia en ser nominada a mejor director por la Academia de los Óscar.”


Me quedo con todo ello y anticipo ya que voy a excederme de los 3.000 caracteres.

Lost in Translation es un nudo en el estómago. Her es la segunda vuelta del mismo nudo. La primera es el prólogo de un final y la segunda sus secuelas. Pero vayamos por partes. En el 2003, Sofia Coppola salía de la sombra abismal del nombre de su padre y sus historias sobre mafias italianas para hablarnos en un lenguaje muy coloquial de lo que significa sentirse perdido. Para ello, coge a una joven Scarlett Johansson, por aquel entonces un diamante en bruto aún por descubrir, y a un gigante del cine y la televisión venido a (algo) menos como Bill Murray y se los lleva a Tokyo, la ciudad de los neones, los rascacielos y la muchedumbre. Ambos tienen sus respectivas relaciones sentimentales al borde del abismo; Murray se encuentra estancado en uno de tantos matrimonios llevados por la rutina y la desidia y Johansson trata de aferrarse a un novio para el que hace tiempo ella ya no es una prioridad. La analogía con la realidad es, a veces, perversa.

Pero como en toda historia, el conflicto necesita un catalizador para poder salir a la luz y desarrollar sus distintas fases. En este caso, prácticamente podríamos decir que no hay un clímax, no existe un punto dramático que marque un antes y un después. Lo que sí que hay, y es precisamente lo que dota a la película de ese aire tan nostálgico que hace que uno vuelva una y otra vez, es un fondo, una base sobre la que el conflicto sale a relucir. Esta base es la ciudad y la arquitectura que la caracteriza. “Ningún hombre es una isla”, decía el poeta John Donne. “Ningún hombre es un rascacielos”, podríamos añadir desde nuestro siglo. Pero Coppola precisamente nos dice que el hombre, a veces, puede ser un rascacielos. Y para ello sienta a Johansson frente al ventanal de uno de los últimos pisos del Park Hyatt de Tokyo, lejos del mundanal ruido, y utiliza la ciudad como contraplano de su soledad y su aíslamiento. En lo alto del rascacielos el ritmo es más pausado y el suave ronroneo del jazz procedente del bar envuelve a los protagonistas a modo de coraza. Salir al exterior, hostil y asfixiante, se percibe como una odisea que sólo deben emprender en compañía del otro. Y, una vez emergen, la ciudad como un personaje más les recibe y les zarandea, los marea con un torbellino de mensajes y la música incesante de los altavoces, les abruma sensorialmente, poco a poco les va anestesiando hasta caer en una suerte de éxtasis donde se dejan llevar por la trama de la ciudad que les absorbe y les transporta a un universo paralelo. Por unos instantes, ya no sienten el dolor.

Probablemente una de las cosas que más se le ha criticado a Sofia Coppola es la ausencia de un argumento sólido en sus películas. Y es que a veces el ruido no nos deja ver que la vida no son solo los hechos que le ocurren a uno sino, sobretodo, los períodos de transición que tienen lugar entre un evento y otro. Coppola nos habla de estos períodos y lo hace desde el espacio. Tratar la soledad desde el horror vacui, desde la sobresaturación, desde el otro lado de la acera. Lo volverá a hacer en los planos recargados y rebosantes de colorido de María Antonieta y en los flashes y el celebritismo de Somewhere o en The Bling Ring. Pero, de algún modo, entender a Coppola y la soledad de un período de transición es entender Lost in Translation. 



Tokyo hace las veces de sanatorio donde los personajes encuentran la paz que han descubierto que necesitaban y las fuerzas para afrontar la siguiente etapa. Cuando la ciudad considera que están listos, los reúne una última vez entre sus calles, ahora territorio conocido, y les envuelve en un último adiós. Los cerca como si hubiese un escudo protector y progresivamente los despega de esas calles y esas gentes con las que se habían conseguido mezclar para separarlos nuevamente y conducirles a sus respectivos caminos.



Once años más tarde, Spike Jonze escribe y dirige Her y para ello cuenta con la voz de Johansson como co-protagonista de la película. Al igual que hizo Coppola en su día, Jonze traslada sus protagonistas a un futuro no muy lejano en el que los rascacielos y la tecnología son la base en la que se desarrolla el conflicto. Pero este futuro es algo más distópico, prácticamente no existe el concepto de calle sino que la ciudad se concibe como un conjunto de volúmenes verticales. Los visionarios de la Nueva Objetividad probablemente estarían orgullosos. La ciudad de Her es un collage de distintos pedazos de la actual Los Angeles y una buena dosis de imaginación.



Como si de una continuación de la película de su ex-mujer - o de su relación - se tratara, Jonze le rompe el corazón a Joaquin Phoenix y lo coloca también en lo alto de un rascacielos. Esta vez, sin embargo, no se encuentra en el punto más elevado sino que frente a él se levantan torres más altas. El futuro es solitario, nos dice. Una vez más, se vuelve a construir la escena de la habitación con una cama, un ventanal y un bosque de rascacielos de fondo. Y aunque sabemos que estamos dentro del mundo de Phoenix y Johansson, ahora el mensaje parece que trascienda la pantalla y se dirija a nosotros: en la intimidad más profunda de nuestro espacio, nos dice Jonze, confrontados delante del resto del mundo, somos pequeños y estamos solos.


Es inevitable no pensar en el cuadro de Hopper de la chica sentada en su cama frenta a la ventana, Morning Sun, (1952). O en la fotografía del equilibrista Philippe Petit cruzando el World Trade Center de Nueva York (1974).

Entre la pintura de Hopper y la obra de Jonze hay un período de seis décadas y, aun así, todas ellas respiran la misma confrontación espacial: ciudad y persona, persona y ciudad. La ciudad como un recurso, un telón de fondo, para poner de relieve la soledad que ella misma impone. Es, a su vez, enemiga y amiga. Pero, al fin y al cabo, refleja y reafirma esa vieja cita de John Donne: “Ningún hombre es una isla”.